El día siguiente. Vacía o no, llegó al lugar donde vivió mucho tiempo. Caminó lento hacia la entrada, no sabía cómo era que aún tenía las llaves del departamento. Seguía siendo un movimiento automático: buscar la llave correcta, insertarla en la chapa, girar y abrir. Las piernas le temblaban, sentía un nudo en garganta que le asfixiaba cualquier sonido que quisiera salir. El estómago estaba contraído. Era cuestión de dar un sólo paso, uno, no más.
Como fantasmas con sus lápidas, todos los recuerdos se le agolparon en un instante. Fue demasiado para ella. El reclamo de las cosas por su abandono, pero sobre todo, el reclamo de ella misma, pues todavía no terminaba de soltar aquella vida, aquel lugar, aquellos años, que aunque no fueron los mejores, fueron los únicos que vivió ahí.
Las piernas no lograron sostenerla y se vio de rodillas, como pidiendo perdón, sin saber exactamente a qué.
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