Recuerdo el día en que mi compañera de habitación me sorprendió a medio día debajo de las sábanas, yo me estaba masturbando, por supuesto después pediría perdón a dios y haría mi penitencia pero de alguna forma tenía que terminar con esa sensación, se me quedó viendo y me preguntó que qué hacía. Nada, contesté. No me creyó, mi respiración era agitada y no sé qué cara tendría pues se acercó a mi cama y levantó de un jalón las sábanas, descubrió mi mano en mi sexo y me dijo enséñame, eso aumentó el calor que ya de por sí estaba experimentando. Lo hice y después, después... está de más contar qué pasó. La primera vez que me percaté de que así disminuiría fue cuando me bañaba, al pasar el jabón por mi sexo experimenté lo que era acariciar de esa manera, para satisfacer el deseo. Lo pasé muchas veces, después lo solté y seguí con la mano, no debo decir que después de unos minutos (quizás no fueron minutos pero a mi me pareció el tiempo larguísimo) un calor me invadió en todo el cuerpo, sentí como si algo estallara en mi entrepierna y me hiciera cosquillas. Burbujas, sentía que salían burbujas de mi sexo.
Después fue la exploración con mi compañera, como ya conté. Más tarde los muchachos jugaron conmigo en mi cuerpo. Sus manos recorrían el camino que les iban indicando las mías. A ellos les gustaba ver cómo me acariciaba y yo disfrutaba sus manos sobre mi piel.
Debo decir que el sexo es una actividad que me gusta y después de muchos años he logrado quitarme esos prejuicios que en la escuela nos inculcaban las religiosas.
Ahora...