Temprano las veo pasar. Caminan lentamente hacia el norte de la colonia. Bordean los charcos, los hoyos, los baches. Cuando hay posibilidad y pueden, suben a las banquetas. Muchas veces tienen que volve a bajarse de ellas porque hay puestos de comida, de frutas, de periódicos y, pues, las dos juntas no caben, así que prefieren bajarse y seguir juntas.
Cuando llueve, se colocan un gran plástico sobre ellas. No hay paraguas que permita que caminen una al lado de la otra. Muchos las saludan: "Buenos días, Cuquita, Chelito", "Buenos días" contestan al unísono, casi podría decirse que son una sola voz. Yo las veo pasar desde mi lugar de trabajo, el mostrador de la farmacia. Las miro y me provoca un sentimiento raro, como de ternura, no sé. Se me hinca el pecho y empiezo a dar espamos. Retengo las ganas de llorar, pero no un llanto de tristeza, es como si algo explotara dentro de mí. Como alegría, gusto. Algunas veces regresan con el mandado, cada una con una bolsa que seguro trae verduras, pollo, frijoles, qué sé yo. Una día que hizo mucho calor las vi que venían comiendo una nieve. Hasta se me antojó.
Ellas, Refugio y Consuelo, son ya grandes, podrían ser mis abuelas o bisabuelas. Me gusta el cabello de Refugio, blanco blanco, amarrado por un listón morado y luego hecho trenza. Una trenza delgada; quiero pensar que alguna vez fue una gran trenza. Refugio por el contrario tiene el cabello gris y corto, eso sí, mucho cabello.
Sin faltar todos los días, estas dos mujeres que viven juntas desde hace muchos años, pasan hacia el norte de la colonia, no sé si a pasear, a cumplir algún ritual o sólo a disfrutar la mutua compañía.
Supe que quería ir a Oaxaca a cumplir su sueño. Casarse y prometerse amor y fidelidad, hasta que la muerte las separe.
